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El cuerpo es un cosmos entero, es sagrado

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En la sexualidad vivida en su dimensión horizontal aparece la dictadura del orgasmo, la tiranía del placer, la mercantilización  del cuerpo… Hay placer solo por el placer. Un cuerpo-máquina, mantenido solo por el placer y la reproducción, este es el modelo dominante de nuestra cultura, un modelo surgido del tsunami de la pornografía.

Caído en lo profano ya no vemos más el origen divino del eros, y por la falta de responsabilidad de tener una meta superior tratamos  nuestro cuerpo como si nos perteneciera totalmente, utilizándolo sin tener sentimientos o consciencia.

Tantra pone acento sobre el cuerpo visto como un amigo muy valioso,  transfigurado y vigilado con toda nuestra buena voluntad. Es un templo, un lugar sagrado que nos permite ser conscientes de nosotros mismos y del poder relacionarnos con otros. Semejante actitud no tiene nada que ver con el narcicismo, que es tan frecuente, haciendo que el hombre se identifique con su cuerpo, que se considere valioso, ganándose un estatuto y una apreciación social y relacional a través de su apariencia física.

 

A través de la sexualidad, más allá de ella

El cuerpo funciona como un resonador cósmico, un reflejo del macrocosmo en el microcosmo, el océano que vibra en una gota. Es el que hace posible nuestra conexión con las fuentes infinitas y el que sostiene este proceso de transferencia de la divinidad en el ser humano.

A través del erotismo sagrado, la pareja hombre-mujer está sostenida para reproducir y encarnar en una escala humana  la pareja del Eterno Masculino y el Eterno Femenino.

Por eso se recomienda y se ofrece una multitud de métodos para cuidar al cuerpo, para producir sensaciones que van más allá de la capa física.  Los enamorados amplifican de esta manera su sensualidad, descubren una multitud de zonas erógenas, entran en un diálogo sutil y sagrado con este cuerpo, que es un ayudante valioso en la celebración de la fusión erótica.

En semejantes momentos todo el cuerpo vibra y reacciona, se dilata y se abre hacia el otro y hacia otras dimensiones.

 Abandono de sí y deseo sin apego

El erotismo sagrado puede existir solo cuando hay abandono, entrega, solo si aceptamos realmente desnudarnos, en concreto y en figurativo, sin vergüenza, sin miedos, sin máscaras en frente del ser amado, en frente de nosotros mismos, en frente de la Divinidad.

Cuando el hombre y la mujer están en esta calidad de su relación, entran en un “más allá del cuerpo”, donde hacen el amor con todo su ser. El abandono con todo el cuerpo y el alma, sin una intención o finalidad de ganar algo – así como los maestros espirituales describen el estado de alma que favorece al despertar de la conciencia.

Se trata del deseo sin proyección, de mostrarte activo o pasivo sin aquellos juegos de poder que son tan frecuentes en las parejas comunes.

Tal postura no es tan fácil adoptar espontáneamente, porque vivimos en una cultura del control en vez de la relajación y paz interior que nace desde el equilibrio, cumplimiento y conexión con la realidad espiritual. Sin embargo el abandono que es necesario para celebrar el cuerpo y el alma requiere confianza en uno mismo y en el otro.

El acto de hacer el amor, generalmente pero especialmente en Occidente, tiene como finalidad el orgasmo. Esto es la combinación de dos búsquedas egoístas y voluntarias del placer máximo. El apogeo de un semejante acto erótico es el orgasmo con eyaculación, una corta perdida de la conciencia, solitaria y terminal.

Por qué solitaria? Porque la eyaculación es una desconexión brutal del hombre y la mujer, una separación violenta e intempestiva.

 

Éxtasis infinito y orgasmo sin eyaculacióntender-love-co-21

En el acto de amor tántrico el hombre y la mujer abandonan cualquier deseo de orgasmo y, haciendo abstracción de su propio sí, se dejan guiados hacia el cumplimiento natural de la fusión. Entonces todos los cambios de energía magnética se hacen de un modo libre, así la energía sexual puede transformarse.

Los amados desencadenados de la acción de una voluntad egoísta, penetran en un área contemplativa donde las sensaciones no se limitan solo a los órganos sexuales sino se extienden en todo el cuerpo e incluso más allá, en todo el espacio.  Ellos se vuelven unos receptáculos del movimiento universal que disuelve sus cuerpos en el océano del amor divino. Ellos se convierten en manifestaciones de la totalidad a través de las dos herramientas cósmicas: los cuerpos.

Entonces el amor no se limita a si mismo y ni al cuerpo del otro sino que está en vibración al unísono con el mundo: el ser se convierte semejante con los movimientos fundamentales del universo.

Es una embriaguez híper-lúcida, felicidad completa, éxtasis infinito antes del orgasmo, durante el orgasmo sin eyaculación y sin límites del tiempo, e incluso sin  orgasmo en el sentido de las percepciones físicas, trasladándose en un mundo extrasensorial.

Los iniciados pueden obtener la fusión cósmica; la mujer y el hombre están sentados frente a frente en la postura del Loto, con sus pubis pegadas, el hombre está dentro de la mujer. No hacen ningún movimiento voluntario.

La felicidad viene por si misma.

En esta postura e incluso en otras la Pareja Divina reunida en una armonía total está elevada a través de la iluminación. Ambos penetran en el espacio del éxtasis místico.

 Este supremo cumplimiento es la misma Eternidad escondida en la esencia profunda del ser humano.

 

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